POETA DEL ASFALTO

Dice la leyenda que existió un hombre cuyas osadías fueron imposibles de plasmar con letras, dice que se trataba de un trovador mágico capaz de hacer de un tormentoso ruido una lírica nota musical, un ser incomparable capaz de transformar una hoja de cálculos en una lira, ese hombre capaz de lo incapaz tenía un nombre, ese nombre era Ayrton Senna.

Un ser mítico del automovilismo autor de poesías que lo convertían en la velocidad hecha cuerpo y alma. Sus autos fueron la pluma y la pista el simple papel donde exteriorizar su amor. Vivió por y para la velocidad y por ella el 1 de mayo de 1994, a los 34 años, no pudo sortear a la muerte después de una vida llena de vigor y lejos, muy lejos, de los límites reales de la existencia humana.

No le importaba la velocidad a la que iba, sino cuánto más rápido podía ir, no le interesaba cómo sobrepasar a un rival, pero si sobrepasarlo, no le afectaba si su vida se iba en un auto, sino que su vida no se fuera sin uno.

Un muro silenció la música de su motor, ese motor que palpitaba con cada nuevo récord que batía, ese motor que resonaba de alegría cada vez que alcanzaba esa inexplicable comunión que todo piloto necesita tener con su auto, ese mismo motor que lo llevó al altar de los héroes inolvidables, cuyos latidos hace eco más allá de lo utópico e inalcanzable.

Vivió del peligro, los límites extremos, la adrenalina continua y la pasión en movimiento. Alcanzó tres campeonatos mundiales de Fórmula 1 (1988-1990-1991), 41 victorias, 80 podios, 65 poles positions y fue mucho más que eso lo que lo hizo un hombre distinto, fueron sus ganas de vivir y de correr, su forma diferente de ver las cosas, su carismática presencia, la seguridad en su mirada, el orgullo en su sonrisa, las ganas de no bajarse nunca del auto y el respeto por lo que más amaba.

Dio todo lo que era y tenía, hasta que un día la muerte fue más veloz que él y lo sobrepasó abruptamente. Fue en el Gran Premio de San Marino tras reanudarse la competencia, en la vuelta 7, el Williams piloteado por el paulista se estrelló a más de 300 km/h contra ese muro que todo lo ensombreció. Ídolo de multitudes, es recordado como el piloto al que nada lo frenaba, ¿miedos?, los tenía, pero le fascinaba convivir con ellos.

Por sus venas corrían los momentos intensos y la perfección absoluta, no soportaba ser segundo porque su mayor pecado fue ser veloz, no soportaba no estar en pista porque era frenar los latidos de su corazón, “Correr, competir, lo llevo en la sangre, es parte de mí, es parte de mi vida”, solía expresar.

Seguramente, lejos de teorías mecánicas, la explicación de un niño brasileño tras el accidente haya sido la más adecuada ante tanta entrega de pasión: “Dios ha construido un circuito en el cielo y se ha llevado a Senna para que corra con él”.

Un poeta del asfalto, así fue él y así escribió el diario de su pasión. Admirado como pocos, una muerte llorada por muchos, un ídolo recordado por todos, un piloto excepcional, un hombre eterno que desde 1994, posiblemente, sobrevuela rompiendo los límites del paraíso.

Por: Carito Gomez D’Iorio